Artículos en revistas

Revista CREA 2007

Artículo CREA Octubre 2007

Seguir pa´lante

Ay, la tecnología ha vuelto a hacer de las suyas y ha trastocado siglos de historia. La pesadilla del autor contemporáneo no es el antiguo y poético folio en blanco, no: es el oscuro salvapantallas de su ordenador que, cuando transcurren más de unos minutos sin actividad, hace acto de presencia recordando implacablemente que su dueño anda vagueando o algo peor... que está en crisis. El negro es el color de los tiempos cibernéticos que corren. Ese mismo negro que también inunda la pantalla cada vez que mi ordenador decide morir. O suicidarse, no tengo muy claras sus “oscuras” (una vez más) intenciones. Virus, mal funcionamiento interno, colapso de la memoria... Yo qué sé... Y sobre todo ¿Qué más me da? Para mí se resume en una sola línea: Terror a perder el trabajo...

Aclarado ese punto, debo reconocer algo más: No es difícil escribir. Lo difícil es saber qué queremos escribir. Miguel Ángel aseguraba que sus esculturas estaban dentro de la piedra y que él tan solo se limitaba a eliminar lo superfluo y destapar su verdadero ser. Creo que los autores hacemos lo mismo: eliminar lo que sobra, elegir qué momento verá la luz y cual no. No es que no sepas que poner... es que no sabes qué quitar.

Y dejaré de hablar en plural ya que ahora que lo pienso, somos un gremio demasiado plural y contradictorio como para que yo vaya aseverando nada. Vuelvo con firmeza al singular: Al comenzar una nueva obra de teatro, un nuevo guión, me aterran las múltiples opciones. No es que no haya camino ¡es que siempre es un cruce de ellos! Porque, para qué engañarnos, escribir es como vivir: una continua toma de decisiones. Y pase lo que pase... seguir pa´lante.  

Juan Carlos Rubio

Guionista y dramaturgo

 

REVISTA AUTORES DE LA ASOCIACION DE AUTORES DE TEATRO (AAT)

 

¿De qué escriben los autores?

Cuando me llamaron desde la Asociación de Autores para proponerme escribir este artículo lo primero que vino a mi memoria, una vez que había colgado el teléfono y aceptado el ofrecimiento, fue el título de una película de 1996, dirigida por Joaquín Oristrel: “¿De qué se ríen las mujeres?” Recordaba que, en aquel año, al ir al cine, me pregunté: “¿Cómo todas las mujeres se van a reír de lo mismo? ¡Imposible saberlo!”. Ahora, una década más tarde, debo redactar unas líneas acerca de “¿De qué escriben los autores españoles contemporáneos?” Y debo reconocer que mis dudas son las mismas. O peores. A fin de cuentas, no soy mujer, pero sí autor de teatro ¿Pertenecer a un gremio te hace más conocedor de sus inquietudes? De lo que tiene que ver con el oficio, problemas laborales, estrenos, derechos de autor, sí, claro, pero... ¿y la inspiración? ¡No tengo ni idea! Pienso en algunos compañeros (y encima amigos) que escriben (y muy bien): Ignacio del Moral, Pedro Víllora, Julio Escalada, Antonio Álamo, Borja Ortiz de Gondra, Jesús Campos, Miguel Murillo...

¿De qué van sus obras? ¿Hay alguna inquietud común que pueda englobar a personalidades tan dispares? Y sobre todo… ¿Hay una conexión entre la realidad que les circunda y los personajes que pululan por sus textos? No estoy para cábalas. Mejor preguntárselo a ellos directamente...

Ronda de llamadas. Y estamos en plena Semana Santa. Mal momento. Este país se ha ido convirtiendo en un estado maravillosamente laico pero estas fiestas antaño religiosas son cada vez más largas y apetecibles para todos ¡¿Pero qué estamos celebrando?! Habrá que tener resignación (cristiana). Consigo localizar al primer incauto “Hola, Ignacio, ¿qué tal?... Oye, tú ¿de qué escribes?”. Hay un silencio, risita nerviosa al otro lado del hilo telefónico “Buena pregunta... je, je...” susurra. Creo que piensa que estoy de coña. Me explico. “Es para un artículo… ¿Influyen los temas actuales en tus obras? ¿Te sientes reflejo del momento que vives?”. Ignacio, amable como pocos, deja claro que lo que a él le interesa realmente, el gran tema de su teatro, son las relaciones humanas. Él tiende a escribir de la privacidad, del encuentro y desencuentro de personas “Yo leo la prensa, recojo noticias, pero no deja de ser una excusa argumental para irme enseguida al ámbito de lo privado. Hace siglos...” añade “... el aliento del teatro era más épico, recogía grandes momentos históricos, era más una crónica... Quizá eso se ha perdido un poco hoy en día...”. Cuelgo, reflexiono. Y sigo hablando con Ignacio aunque él no pueda oírme (tengo esa costumbre, qué le voy a hacer…). “De acuerdo, te interesa lo privado, pero en tus obras has sabido recoger como nadie un abanico de temas actuales: la inmigración en “La mirada del hombre oscuro”, la incapacidad de algunos jóvenes para comunicarse en “La noche del oso”, etc… Sí, Ignacio, el tuyo es un teatro con grandes personajes y con grandes temas, épicos en la dimensión que la épica tiene en una sociedad tan acomodada. Las circunstancias de esta España nuestra están reflejadas perfectamente en tus obras.                    

Decido no llamar a nadie más. No quiero molestar. Y ahora que lo pienso, si los autores han salido de vacaciones fuera de España me va a salir carísima la broma. Además ¿es el creador el más indicado para hablar de su obra? Absolutamente no. La obra está ahí, es ella la que habla por el autor. Nosotros no tenemos nada más que añadir. Y muchas veces, cuando intentamos explicarnos, la jodemos (dicho mal y pronto).

No soy bueno acumulando datos, ¿qué le voy a hacer? Leo, veo, pero olvido con facilidad (en algunos casos en una ventaja, una misma obra me puede sorprender una, dos, tres veces… Pero cuando se trata de escribir un artículo de este tipo te trae quebraderos de cabeza). A pesar de ello, cierro los ojos y vienen a mi memoria textos de ahora y de hace algunos años que tomaron como base problemas de la sociedad que cada día ocupan páginas de nuestros periódicos: “Caballito del diablo”, de Fermín Cabal, el mundo de la droga; “¡Han matado a Prokopius!” de Alfonso Sastre, la política en clave policiaca, “El método Gronholm”, de Jordi Galcerán, los despiadados sistemas de selección y competencia entre empleados que rige nuestro mercado laboral; “Hamelin” de Juan Mayorga, la pederastia, “Electra en Oma”, de Pedro Víllora, entra de lleno en el tema de los nacionalismos más radicales; en “Yo Satán”, Antonio Álamo se atrevió con la madre Iglesia, que no deja de acaparar titulares en su loable defensa de la familia tradicional (entre otras cosillas), “Baldosas” de David Desola, los problemas de los más jóvenes para acceder a una vivienda, “Al menos no es Navidad” de Carles Alberola, el lugar que los ancianos ocupan en los tiempos que corren o por citar uno de los más recientes ejemplos, aún en cartel, “Sí, pero no lo soy” donde Alfredo Sanzol, para encontrar material dramático, recurre al buscador de google (mágico elixir del que todos en algún que otro momento bebemos...).

Sí, evidentemente los autores estamos profundamente marcados por la sociedad y el momento histórico con el que nos ha tocado apechugar. No solo por que nuestras obras reflejen tal o cual acontecimiento (también recuerdo ahora los textos homenaje al 11-M o a las víctimas del sida) sino porque nosotros mismos, nuestros principios morales, el prisma desde el que creamos viene condicionado por lo que hemos visto, sentido… ¡por lo que hemos mamado, vaya! Cada vez que releo algunos textos del Siglo de Oro Español o asisto a su representación me vuelvo a dar cuenta de que lo que convierte a esos textos en “antiguos” (y no he dicho clásicos) no es la capa y espada, sino la visión que el autor tiene de los grandes temas del momento. Por ejemplo, la honra y la virginidad de la mujer (tan usado) ha quedado (gracias a Dios) absolutamente trasnochado. Aquellos autores, al igual que nosotros, también escribían de lo que “habían mamado”, de su situación histórica, de sus leyes, sus costumbres morales… Nos queda la indudable belleza de sus versos y el poder de algunas historias tan poderosas (“La vida es sueño”, por citar una) que van más allá de épocas o circunstancias. Pero el resto de la producción literaria de ese momento no podría nunca ser considerada “actual” (en sus contenidos). Por más que muchos reivindiquen su vigencia no, lo siento, yo no se la veo (y no digo que no la tenga, digo que YO NO SE LA VEO)

Pero dejemos el Siglo de Oro y volvamos al tema de este artículo… ¡¿De qué escriben los autores de hoy en día? Pues no lo sé. De lo que no me cabe duda es de que el autor contemporáneo tiene un abanico de posibilidades mucho más amplio que nuestros ilustres antecesores. Los avances sociales, económicos y políticos nos han hecho más libres a la hora de escribir. Aunque muchas veces no la usemos, tener la opción de elegir da fe del buen estado democrático de este país (y por desgracia no de todo el planeta, a comienzos del siglo XXI, se puede decir lo mismo).

Miro la cartelera y encuentro una envidiable y variopinta oferta de textos. Algunos vinculados a la realidad más absoluta. Pero ¡sorpresa! La mayor parte no están escritos por autores españoles… Claro, que eso daría para otro artículo de hermoso enunciado: “¿Por qué no estrenan los autores españoles?”. Lanzo la pregunta. Yo no voy a responder. Para mí también es Semana Santa y prefiero irme a ver una procesión. Igual si caigo presa del éxtasis pueda encontrar respuesta a este otro enigma…

Juan Carlos Rubio

 

 

 revista AAT 2007

Revista Drama nro. 30

Primavera 2007

Cuaderno de Bitácora: HUMO

No tengo buena memoria. Lo reconozco. Y aunque no lo reconozca, mis amigos lo saben. Y me lo recuerdan si hace falta. Y aunque no haga falta. Siempre he admirado a esas personas que poseen la cualidad de ser capaces de repetir «textualmente» lo que ocurrió en tal o cual situación.

«Yo dije, tú dijiste, nosotros dijimos…» Para mí es imposible. Lo siento. Recuerdo las sensaciones, buenas y malas, algún detalle, una frase, una mirada, una risa, pero soy incapaz de echar la vista atrás y reproducir fielmente lo vivido. Dicho lo cual, y sin más preámbulos, me lanzo a bucear en mi escasa memoria para escribir este «Cuaderno de bitácora» sobre Humo. Al ser una obra que trata de verdades y mentiras intentaré evitar inexactitudes y errores. Tendréis que fiaros de mi palabra. Y leído lo leído, imagino que eso no es mucho decir…

Para hablar del proceso de creación de Humo, como el de casi todas mis obras, tengo que hablar de personas, personas que me impulsaron a escribir, ya sea en forma de inspiración o de encargo. En el año 2002, Juan Luis Galiardo estrena un texto escrito por mí especialmente para él. Se titulaba 10 y era, para resumir, una especie de ejercicio teatral sobre sus propias vivencias y fantasmas. Recuerdo la sensación general que me dejó la escritura de esa obra: insatisfacción. ¿Por qué? Al ser un texto «terapéutico», como le gustaba denominarlo a Juan Luis, todo el mundo tuvo a bien opinar sobre él mientras lo retocaba para su puesta en escena. «Puedes quitar esto, añadir lo otro, la parte final no funciona, quizá a este personaje le falta fuerza, acorta, alarga…» ¡Un infierno! Dediqué varios tortuosos meses a la rees critura de 10, digamos que hasta que «todos» quedamos contentos. Hasta yo quedé contento… ¿O no? Bueno, no me acuerdo. Dichosa memoria…

10 tuvo una exitosa gira por España y Juan Luis (gracias desde aquí, amigo) comenzó a sugerirme que le escribiese una nueva obra. Mi primera condición fue: «Hacer lo que me dé la gana, sobre el tema que me dé la gana y de la manera que me dé la gana. Y si luego no te gusta, no la montes. No pasa nada. Pero aquí solo opino yo». Lo dije todo de corrido, intentando aparentar una determinación sin fisuras. Y coló. Y en esas quedamos.

Desde hacía tiempo rondaba por mi cabeza la idea de hablar sobre verdades y mentiras. Mentiras piadosas, innecesarias, sanadoras… Verdades inmisericordes, necesarias, enfermizas… Y hablar sobre la fe. O, mejor, sobre la ausencia de fe, no en un sentido religioso, sino como ilusión, ganas de vivir. ¿Nos queda esperanza por algo en mitad de la sociedad en la que vivimos? ¿Somos capaces de creer en los que nos rodean? ¿En nosotros mismos?.

Siempre que tengo un tema susceptible de ser escrito hago lo mismo: contarlo a mis amigos. Y en cada nueva ocasión que esto sucede voy sumando elementos que vienen a mi mente y van dando forma a la historia. Soy, lo que se dice, un cuentista. Y hasta que no consigo articular el relato por completo y atrapar su atención, su beneplácito, no paso a la escritura. Necesito haber testado el argumento con «mi

público» (que, por cierto, no me pasa una…). Aquí la trama era sencilla: un famoso terapeuta especializado en que las masas dejen de fumar, cuando se queda a solas le falta tiempo para encender un cigarrillo. Miente. Pero a pesar de su doble moral es un gran comunicador y consigue su propósito: que su entregada audiencia abandone ese perjudicial hábito. Su exitosa gira le lleva hasta la ciudad en la que su ex mujer trabaja como periodista en una revista local de segunda división. Y decide ir a visitarla para destapar algunas verdades y mentiras de su matrimonio. Necesita un poco de luz en su vacía y descreída existencia.

A Juan Luis el relato oral le atrapó. O eso me dijo. Con los actores nunca se sabe, oye. Así que solo faltaba escribirla. Pecata minuta, ¿no? Encerrado en un minúsculo apartamento en el Raval de Barcelona (y si alguien conoce el barrio sabrá que no es precisamente un lugar tranquilo por el que las musas suelan pasar) le di forma durante el verano del 2005. Tenía el compromiso con Galiardo de entregarle una primera versión a finales de agosto. El verano pasaba y a mí me parecía que ese apartamento cada vez se encogía más. Y que las páginas que me quedaban por rellenar, en cambio, se alargaban. «Qué agobio… Qué crisis… Ay, mira, me gusta… No llego… Angustia… Tiro la toalla… No está tan mal… ¡Una obra de arte!… Menuda mierda que estoy escribiendo…». En fin, esas subidas y bajadas de autoestima que no sé si le entran a todo el mundo, pero que desde luego a mí me tienen frito y me persiguen cada vez que escribo. Y, para rematar la faena, Galiardo llamándome un día sí y otro también: «¿Cómo va eso, autor?

Te recuerdo que tenemos una cita». Lo recuerdo Juan Luis, lo recuerdo. ¿Cómo olvidarlo? Ya me gustaría…

Y llegó el 30 de agosto. Nunca un final de verano fue más deseado y temido. Galiardo vino a mi casa de Madrid, puntual como siempre, exultantemente energético, como siempre, y leímos la función. Él su papel y yo los otros tres. Llanto, risas, emoción, aplausos. A mi actor le había encantado. El montaje estaba en marcha. ¡Había triunfado! Pero… yo no me fiaba. Ni un pelo. La experiencia de 10 me recordaba a gritos que los primeros laureles podían convertirse en espinas, sobre todo cuando el círculo de confianza de mi actor (y productor, no olvidemos) comenzara a leer el texto y a lanzar variopintas opiniones, que podían ser buenas, pero que también podían ser malas. Necesitaba un aval, el apoyo de alguien prestigioso que dijera: «Esto está bien. Y punto». ¿Qué hacer? ¡Un premio! ¡Eso! Si consigo un premio, me dejan en paz. Pero ¿cuál? He de reconocer que envié el texto a dos certámenes. En uno no me premiaron. Mala suerte. O mejores textos. Pero en el otro, ¡sorpresa!, sí. Humo fue el texto ganador del Premio de la Sociedad General de Autores y Editores del 2005. Bendito jurado. Mil gracias por ese dinero, esa publicación y, sobre todo, esa cinta de esparadrapo en la boca de todo el mundo al que la obra fue enviada. «Es premio de la SGAE, oye. Piensa lo que vas a decir, que un grupo de dramaturgos de tomo y lomo la han considerado la mejor entre unas cuantas docenas…» Bien, de acuerdo, ya sabemos que lo de los premios es muy relativo, que no siempre se premia lo mejor, sino lo menos malo, que cada miembro del jurado tiene sus filias y fobias, etc. Pero a mí, para qué os voy a engañar, me vino de perlas. Era el aval, y menudo aval, que yo necesitaba en ese preciso momento de la producción.

Y llegó el momento tan temido, al menos por mí, de que se designara un director para Humo. ¿Y si no entendía el punto de esta comedia amarga? ¿Y si no defendía ese medio tono, ni fuerte ni flojo, entre la sonrisa y la ternura, que yo consideraba imprescindible? Juan Luis quería un texto que el público comprendiera y que pudiera hacer reír, con un toque comercial. Yo quería hablar sobre el desencanto, sobre la mentira que nos rodea, sobre una falta de valores en la sociedad actual… ¿Y el director? ¿Querría hablar de lo mismo? ¿O tendría otras intenciones? ¡¿Y si él quería apostar por el vodevil o el sainete?! Reconozcámoslo. Estamos en sus manos. De ellos depende que nuestro trabajo brille o se apague como una triste vela en una tarta de cumpleaños que nadie quisiera soplar. Sí. Tenía mucho miedo. Por eso, que Tamzin Townsend, que ya hizo una labor estupenda con 10 y que había respetado, entendido y aportado grandes ideas en la puesta en escena, aceptara la dirección me tranquilizo mucho. Pero el destino quiso que por culpa del retraso en el calendario de ensayos, Tamzin no pudiera aceptar el encargo. Después de un baile de nombres, algunos admirados por mí y otros no tanto (sigamos con la sinceridad), Juan Luis me planteó que yo mismo la dirigiera. No tenía experiencia como director, pero mi pasado como actor y mi presente como autor y, sobre todo, como amigo suyo, le daban garantías suficientes. ¿Qué hacer? A mí me gusta escribir, estar en casa, dueño de mi horario, y enfrentarme a solas con mi creatividad (o falta de ella). Pero había huido hasta la fecha de las oportunidades que se me habían presentado para tomar las riendas de un espectáculo. «Ahora o nunca», pensé. «Pues ahora… Total, guste mi trabajo de director o no, al menos tengo la seguridad de que nunca dirán que no he entendido el texto…» Y dije que sí. Tenía a Juan Luis, con su energía y talento, a Kiti Mánver, una actriz maravillosa, y a dos actores jóvenes, Gemma Giménez y Bernabé Rico, rebosantes de ganas y buen rollo. Pues venga, pa alante.

No es fácil ser director. Eso es verdad. Hay que lidiar con muchas sensibilidades distintas y saber dar a cada uno lo que necesita y de la manera en que lo necesita. Galiardo es un actor intuitivo, visceral, carismático, pero sin técnica rigurosa. Kiti reclama saber el porqué de cada frase, le gusta trabajar con una partitura emocional firme y rotunda. ¿Cómo aliñar esta ensalada? Con cariño y paciencia. Amigos y enemigos me avisaron de que ambos tenían mucho carácter y que enfrentarles podía ser una bomba de relojería. Falso. Se portaron como dos benditos. La química entre ellos, a pesar de sus diferentes estilos, era evidente. Y encima me hicieron caso en todo. Mil gracias. Fue un placer. Que no creo que repita en mucho tiempo, eso sí… Enfermé del estómago, y llegar al estreno casi me cuesta una úlcera. Error mío.

Dirigir es una carrera de fondo, no los 100 metros. Hay que dosificar la energía. Yo no lo supe hacer…

Pero al margen de estos pequeños problemas de salud (ya solucionados, no sufráis), la experiencia de dirigir un texto que yo mismo había escrito me dio la oportunidad de testar muchas cosas. Por ejemplo, mi tendencia natural a poner en boca de los personajes más de lo que debería, pensando que el público no se va a enterar. Con los actores adecuados, a veces sobran muchas frases que un simple gesto ya explica.

Mi pretensión es escribir teatro, no literatura. Mi trabajo llega al estado soñado al ser dicho por un actor y recibido por un público. No creo para lectores, sino para espectadores. Dirigir a este grupo de intérpretes me permitió hacer una dramaturgia sobre mi obra, recolocando algunos pasajes, reescribiendo otros y eliminando hasta 10 páginas del borrador original. Mi Humo ya no era solo mío, y era gratificante ver cómo el equipo iba aportando piezas a ese puzle que día a día iba tomando forma. He dicho antes que no creo que repita la experiencia en mucho tiempo. Lo mantengo. Pero también mantengo que me gustará volver a dirigir otra obra en un futuro para experimentar de nuevo el enorme placer de ver crecer a los personajes que has creado. Y poder controlar la manera en que se expresan en el escenario, manteniendo su esencia y moldeándolos con la extraordinaria e imprescindible ayuda de los actores.

Y hasta aquí la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Al menos la mía, la que yo recuerdo. O lo que quiero recordar… Humo habla de recuperar la fe, la misma que yo tengo en haberos entretenido un rato con este «Cuaderno de bitácora». Y si alguien se quedó con ganas de más, que vaya a ver el montaje, que sigue de gira por España, y le pregunte a Galiardo si he dicho alguna mentira. O, mejor, que no lo haga, ¡no vaya a ser que la liemos!

JUAN CARLOS RUBIO